Discos 2008: El “muro de sonido” se oscurece

Glasvegas – Glasvegas

¡Oh! La nueva promesa británica, el “no va más” de los hypes del momento… ¿Cuántas críticas o reseñas de discos empiezan así? Son tantas las veces que nos han querido vender la moto que a uno le cuesta aceptar que realmente haya algo de interés entre tantas propuestas infladas por los medios de comunicación (ingleses, en este caso). Sin embargo, esta vez parece que hay algo distinto, que por una vez no estamos ante la enésima banda de post-punk o dance rock que suena a Bloc Party, Franz Ferdinand. Incluso, si rizamos el rizo, tampoco esta vez son Joy Division o New Order la base de su sonido -aunque algún poso del grupo de Ian Curtis se que se intuye-.

La promoción nos quiere vender a Glasvegas como un híbrido que une el “Muro de Sonido” de Phil Spector, las melodías de los girl-groups de los 50 y unas guitarras épicas y saturadas que recuerdan más a U2 que a Interpol.  El problema de esas referencias es que el “Muro de Sonido” no es lo que se dice “original”, y lo que otorga es más bien un aroma a exceso de producción que resta más que suma, aunque, eso sí, favorece la ambientación de un disco homogéneo que gana como conjunto. glasvegas_419980a1

Otro de los problemas del disco es la melodramática e impostada voz de su cantante, un tono al que cuesta acostumbrarse pero que termina entrando – como entra al fin y al cabo la voz de, por ejemplo, Morrisey, no menos melodramática que la de James Allan – y el propio contenido de las letras, acorde a lo que indica la música: épica. Con todo, para que no se diga que son unos cursis, a veces sueltan algún taco “here we fuckin’ go” (en “Go Square Go”) para que se vea que ellos también pueden ser chicos malos.

El debut de Glasvegas tiene, por tanto, todos los ingredientes para ser otro disco fallido de un nuevo hype inflado. Pero sorprende, y lo hace porque hay grandes canciones, las melodías son pegadizas y logran emocionar cuando lo pretenden (“Daddy’s Gone”, “Polmont On My Mind”) y aunque parezca extraño, esa mezcla de clasicismo y distorsión termina otorgando personalidad al disco. glasvegas

¿Qué todas las canciones parecen la misma? Pues eso no se puede negar, pero aunque parezca que puede ser cansino y repetitivo por su homogeneidad, parte del encanto del álbum radica en esa ambientación que sólo rompe la innecesaria “canción” (si puede llamarse así) construida sobre el “Claro de luna” de Beethoven. Un experimento innecesario que rompe el ritmo de un disco que promete más de lo que da, pero que apunta a un futuro que, al menos, habrá que seguir. Y, por favor, que cambien de asesor de imagen que esa pose trasnochada de góticos neo-punk que llevan no les pega nada.

Daddy’s Gone

Geraldine

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