El Tour de Francia, otrora la prueba ciclista por antonomasia y una de las citas clave del deporte español, se ha convertido en el sucio espejo del dopaje. Verano tras verano, los aficionados al deporte miran con vergüenza ajena como deportistas de elite, nuevas promesas y veteranos ilustres son esposados como delincuentes por la policía francesa. Este año son ya tres los casos, uno, el de Manolo Beltrán, propio de un ciclista anclado en otra época donde doparse era una costumbre tan generalizada como los masajes tras una etapa. Sin embargo los casos de Moisés Dueñas (27 años) y especialmente el de la nueva promesa italiana Ricardo Riccó (24 años), demuestran que las trampas también se han instalado en las nuevas generaciones.
El caso del italiano es el más preocupante de todos, pues se le ha detectado un tipo de EPO que hasta ahora era imposible de descubrir -conocida como CERA o EPO de tercera generación-. De hecho, tras participar en el Giro de Italia de manera brillante, la primera duda que asalta es si no estaría ya allí utilizando medicamentos para mejorar su rendimiento, con la suerte de que en Italia, las medidas contra el dopaje parecen menos intensas que en el Tour.
La duda y el escepticismo se multiplican: ¿cuántos ciclistas clásicos estaban “dopados” en su momento? No se puede poner en duda a grandes campeones como Indurain, Hinault, Merckx o el propio Armstrong, siempre bajo sospecha. Pero… ¿cuántos no han pensado al menos una vez en la posibilidad de que también estuvieran dopados?
Es injusto valorar a todos los deportistas por el mismo rasero, pero la exigencia de los controles en el ciclismo presupone que en otras especialidades no son tan exhaustivos y puede haber decenas de tramposos ganando fama y dinero a costa de sustancias ilegales. Ver a Marion Jones llorar y devolver sus medallas en los juegos de Sidney porque hace unos meses se descubrió que corrió dopada es una buena prueba de que lo que hoy es de oro, mañana puede estar podrido.
Lo único que cabe esperar es que dentro de diez años otros tantos plusmarquistas, medallistas, campeones olímpicos o del mundo, no tengan que entregar sus méritos. La frustación no sólo es para el deporte o para el que fue segundo detrás de un tramposo, sino para todos los aficionados que vibran y confían en los triunfos de unos ídolos que, en muchas ocasiones, acaban siendo de barro.
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