Vino a terminar así, tan escueta e instántanea, la relación consolidada en tiempos de guerra. Enfundado en un abrigo de piel negro, como un cuervo aleteando, las solapas golpeaban su pecho protegido del frío. Se sujetaba el sombrero con la mano izquierda, mientras que con la derecha hacía un puño envenenado y con unas venas tan gruesas que asustaban. Este lugarteniente del régimen, James Britt, enjugaba su corazón en las normas del partido para no hacerse más añicos su sentimiento.
Desde la diminuta ventanilla horizontal del vagón 23, Christine repasaba la comisura de sus labios nerviosa. Y con los ojos ensangrentados en lágrimas, sólo supieron decirse adiós con palabras. No hubo “te quieros” ni “te esperaré”, ya que más que conscientes de su destino, no se volverían a ver nunca más.
Con el pitido de la locomotora, las reacciones se reactivaron automáticamente. Miradas a todas partes contemplando sólo el vacío, coincidendias espontáneas que traducían los besos que tan fervientemente se habían regalado la noche anterior. Y todo concluyó cuando el lanzamiento de cojines terminó con dos amantes entregados… Todas las estatuas que inundaban el andén, volvieron a ponerse en movimiento recuperando el ambiente su triste normalidad de idas y venidas.
Una postal arrastrada por el viento, Christine inmóvil y alejándose, no dejaba de contemplar el rostro contraído de James que protegió su mirada del polvo levantado desde el suelo. Curiosamente parecía que estaba descorriendo un velo, sin embargo el semblante del militante del partido líder, era contrariado, repleto de hastío y desgana. Christine sacó su mano fuera de la habitáculo y con un gesto se despidió de su amor, ya una simple forma amorfa en la lejanía.
James giró sobre sí mismo golpeándose los talones fuertemente al estilo del ejército satisfecho de haber hecho un buen trabajo. El veneno haría efecto en unas horas y Christine dejaría de ser parte del mundo. La espía que había llevado a la muerte a casi todos los miembros de la familia Britt, correría la misma suerte que los difuntos de James. Y aunque era su último trabajo para el Gobierno, el mal sabor de boca y una lengua marchita y seca, le maltrataban el alma. En cierto modo, la quería.
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