Sueño de una noche

Dulce de sabor de fresas, te rebaño con migas de pan para llevarte a la boca. Mermelada de frutas del bosque extraída de la propia naturaleza. Me dices te quiero y con eso me convences. Eres tan sólo una niña, mi pequeña que corretea sobre la hierba descalza. Bolitas de algodón te salvan tus plantas para que no te hagas daño. Yo te dibujo rápidamente porque cambias con el viento y te ríes.

Me calas como la lluvia los zapatos de piel y muevo mis deditos para salpicarme la vida con tu fragancia. Adorno mi cabello con recortes de tus labios, y te llevo siempre en mi cabeza. Toda una pequeña corona de besos tuyos me rodea las ideas que como mariposas, revolotean entre mis pensamientos.

Se detienen los pájaros para cantarte entre las sombras de los árboles mientras dormitas tranquila. Tan inocente y sin miedo alguno, entre las vestiduras de un gracioso pijama de sábanas blancas. Estamos de pic-nic. Tengo hambre y por más que como, necesito llevarme a la boca alimento. Pero claro, no recapacito en que los dientes me abren el apetito que aflora en mi corazón. Te abrazo.

Varios rayitos de luz, que no de sol, se esparcen sobre tus mejillas redondas y ahora, recién coloreadas. Eres verde y calor, caricias al sentimiento y heridas al alma. Empalagoso licor de cerezas con un poco de alcohol, ése es el secreto de mi adicción. Sabes a sal, y yo soy marinero en tierra.

Al moverte como te deslizas entre mis brazos, y noto una piel sedosa que resbala sobre mí. Nunca antes saboreé sonidos tan entrañables, eres mujer, pero duermes como un bebé. Tierna, sonríes aquel que te mira, aunque creo que es la propia naturaleza de tus facciones doradas al sol. Mientras tu piel se tuesta al calor del fuego que hay en tu pecho.

Tomas un silencio del amanecer y lo transformas en melodía. Manejas tus manos que tiran de las mías, para resguardarte, puesto que la brisa ha erizado tu vello blanco. Con un cabello negro azabache, como pintando a brochazos con total delicadeza. Y es que no sé qué hay en ti que todo se revuelve y queda del revés, es tranquilidad.

No saber cómo terminar un retrato me hace enloquecer de desdicha. Obsesionado, reconozco que no lograré pintarte nunca, puesto que cada día descubro algo nuevo, y por más que me reproche no haberlo visto antes, sé que mañana mis ojos te verán con otros colores. Tan bonita que a la vez, imposible.

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