Esculpido en bronce a golpes de martillo y cincel de hierro. Mi sentido crítico es más largo que mi lengua y maldigo todo a mi alrededor. Golpeándome el pecho, mis nudillos en carne viva salpican sangre envenenada por ti. Bebo alcohol y éxtasis, todo cambia y se tambalean mis cimientos; aunque en el fondo de mis entrañas sé que no voy a morir. Comprendo qué sucede cuando un artista supera en ingenio a otros, pero mi obra aún no está acabada.
Llegará el día en el que varios cientos de kilos de arena machaquen mis huesos con fuerza atroz. No dejaré que la muerte me lleve por sorpresa. Os aviso de nuevo, no dejaré que la muerte me lleve por sorpresa. Seré yo quien decida todo hasta el último suspiro de mi vida. Hoy sólo sigo sabiendo una única cosa, la misma que dije ayer. Ésa que me apuñala y me enseña qué es la vida. Al igual que el resto, lo que no sé es si debo continuar así.
Pero aún es pronto, hundiré mis dedos en la tierra y dejaré cictatrices tan hondas que de ellas emanará la esperanza de los ilusos. Así me recordaréis. Quiero hacer daño, puesto que ahora sólo soy odio, violencia, luz y sombra; resquebrajaré vuestros rostro y los arañaré con papel de lija. Y lloraréis por mí cuando me haya ido dos días, al tercero todo será normalidad, puesto que de cotidianidad vivimos. No me importa, al menos yo puedo deciros en persona que he vivido -y con el sufrimiento que ello conlleva-, plenamente. Vosotros no lo sé.
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